LAS ABEJAS

La producción de miel fue abundante esa semana. Como casi nunca había sucedido, la miel rebosante abundaba en aquel panal. Era un hecho insólito, ya que en un panal tan pequeño como ése nunca se había visto cosa semejante.
Las tres castas estaban en pleno movimiento: Las obreras externas cuidando el panal y las internas construyendo paneles hexagonales donde se depositarían posteriormente las larvas fecundadas por la reina, quien se hallaba en plena copulación con los zánganos que alborotados, se precipitaban uno tras otro para decidir quién sería unos de los afortunados en acceder a la reina. Era un sistema de castas naturalmente diseñado: Los roles estaban establecidos previamente de acuerdo a la condición de cada abeja y esa condición les marcaba una función indefectiblemente dándoles una condición física de manera tal de que cada abeja solo podía pertenecer  a una casta y nunca podría ascender o cambiar de casta: Una obrera siempre será una obrera, un zángano siempre será un zángano.
Cuánto falta para completar la carga Gómez no mucho señora cuánto carajo serían como veinte kilos en cuánto tiempo en una hora está bien puedo esperar vaya a decirles  que mientras más rápido terminen más cuantiosa será la recompensa.
En ese numeroso enjambre, sin embargo, una obrera muy impaciente: Iba y venía, iba y venía con más y más polen y ya en el panal casi desfalleciente, construía más y más paneles sin importarle el esfuerzo. No obstante, el desmedido esfuerzo de aquella impaciente  obrera abrigaba un firme propósito: La abeja obrera quería ser reina. Sabía bien que era completamente imposible porque con ese abdomen tan corto jamás podría ser reina, estaba destinada a ser una obrera para siempre pero siempre que llegaba al panal veía a la reina con ese abdomen tan alargado, esas antenas tan sobresalientes y todos esos zánganos rondándola que un sentimiento irreconocible, inaudito, inimaginable, inundaba su cuerpo, no sabía cómo llamar a este sentimiento que le parecía por momentos tan oscuro y tan malvado cada vez que veía a la reina. No le importaban los métodos, la obrera quería ser reina a cualquier costo. El encargo está listo señora. Perfecto dígale a Gutiérrez que se encargue de los detalles del envío si todo sale bien pronto seremos una nueva colmena. A reina muerta obrera puesta.
Cansada de tantas cavilaciones la obrera decidió darle fin a su vida de obrera: Matar a la reina era la única salida. El plan parecía sencillo; en un momento de mayor conglomeración del  enjambre llevaría lo suficientemente de la reina a otra obrera quien en los albores de la vejez ya  estaba muy debilitada de manera tal a poder usar su aguijón como el dardo de la muerte. La reina, ocupada en las actividades copulativas con los zánganos, aceptaría impasible e inevitablemente a la muerte.
Ese día el ánimo de la obrera estaba más inquieto que otros días. Cada tarea que desempeñaba la hacía con el único propósito de hacer pasar el tiempo a fin de que el momento de la muerte de la reina y su posterior coronación llegue.  Finalmente todos los elementos estaban reunidos: el enjambre reunido, la reina, la obrera débil, los zánganos. En un arranque desenfrenado, alucinante y desesperado se llevó a la obrera por delante, aproximando el aguijón asesino hacia la reina, diez centímetros, ya se sentía reina, cinco centímetros para el impacto, ya todo llegaría a su fin, ya nunca saldría del panal, tan sólo faltaba un centímetro para que la reina muera, pero repentinamente algo pasó: un evento inesperado la detuvo en el instante justo, fue un golpe, un repentino golpe punzante que la detuvo a un centímetro de la reina, un dolor desconocido le embargó el tórax primero y luego todo el cuerpo, un dolor que luego se convirtió en serenidad, una serena paz, tan serena, que la abeja obrera estaba segura de que ese debía ser el sabor de la victoria ante el deber cumplido.

Asunción, 15 de septiembre de 2001 

HALLAN MUERTA A JULIA NAVARRO MEJOR CONOCIDA COMO LA ABEJA OBRERA DE LA COCAÍNA

A las 3:45 de la madrugada del martes fue hallado el cuerpo sin vida de Julia Navarro, conocida como la abeja obrera de la cocaína, asesinada de 15 balazos. Se presume que el asesinato sería un ajuste de cuentas que tendría como principal responsable a Gabriela Funes, más conocida como la abeja reina de la cocaína. Junto al cadáver, fue encontrada una pequeña nota que decía: “La obrera nunca podrá ser reina”.

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MÍA, LA PRINCESA DE CRISTAL

La princesa está triste…
¿Qué tendrá la princesa?
Rubén Darío-Sonatina

Solitaria y pensativa, la princesa Mia aguarda por un príncipe que la rescate de los ogros que la tienen prisionera en el castillo de cristal. Día y noche la vigilan y con falsas palabras de amor intentan engañarla mas ella no se entrega; la princesa Mia resiste estoicamente desde su puesto de cristal y aunque no puede resistirse a ingerir los alimentos que los ogros religiosamente le presentan en su habitación, la princesa, como medida eterna de protesta, vomita todos esos alimentos que aborrece. Me quieren engordar para luego llevarme al sitio de los sacrificios pero no les daré ese gusto a los ogros porque una princesa podrá ser todo pero nunca una princesa gorda nunca existió ni existirá una princesa gorda NUNCA.
La princesa Mia no hace otra cosa que llorar en su balcón de cristal implorando a gritos por un príncipe que la rescate de su prisión. Cuando las lágrimas ya no son suficientes escribe numerosas cartas confesando sus penas y se las entrega al viento para que las disperse por todo el reino y así el príncipe finalmente pueda llegar a su rescate.
La rutina se vio truncada una noche en la que los ogros quienes además de dejar la comida como todas las noches dejaron a un centinela, un soldado que debía vigilar a la princesa hasta que acabara con el plato de comida y finalmente se durmiera. La princesa ya no podría vomitar el veneno que le suministraban noche tras noche.
Con un dolor visceral la princesa comía lentamente, bocado a bocado la comida que le dejaran los ogros ante la atenta mirada del centinela. De nada sirvieron las miradas de súplica de la princesa hacia el centinela, este último parecía ajeno a todo tipo de dolor. Cuando sus brazos ya no le respondían y sentía que se iba a desmayar y finalmente se entregaría a la muerte el centinela se colocó detrás de ella y le dio las últimas cucharadas de la tan odiada comida. Luego de esto el centinela la depositó a la princesa en su lecho y se colocó en su posición anterior dispuesto a vigilar toda la noche a la princesa.
La princesa Mia era consciente de que no tenía mucho tiempo antes de que el veneno haga efecto; sabía muy bien que situaciones drásticas requerían resoluciones drásticas. No lo pensó mucho y se abalanzó sobre una daga que encontró a la mano y de un tajo fulminante se abrió el vientre para así sacarse toda esa comida de su interior. Todo esto ante el asombro del centinela quien no pudo reaccionar ante su asombro.

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Se podría pensar en esta historia como un relato poco feliz de una princesa cualquiera pero lo cierto es que eso no fue lo que pensaron los padres de María Ferrer cuando encontraron a su hija de 15 años desangrándose con el vientre abierto con un cuchillo de mesa, la abuela en total estado de shock presenciando la escena y miles de fotografías de ellos por toda la casa con una inscripción que rezaba: “Malditos ogros ¿por qué me obligan a ser como ustedes? Soy una princesa y primero muerta antes que ser gorda. Nadie dijo que ser una princesa fuera fácil”. Al pie de todas las inscripciones aparecía siempre la misma firma: “Mia, la princesa de cristal, quien ruega al viento entregue este recado a algún piadoso príncipe que la rescate de su prisión”.

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ANA

Ana se levantó temprano esa mañana. Era un día muy importante. Era importante porque había estado esperando esta oportunidad desde hacía mucho tiempo y ahora por fin sería su momento. Ana, como todas las mañanas, lo primero que hacía era mirarse al espejo. Se miraba por largo tiempo, como si quisiera ver algo más que su propia imagen. De todas maneras, cada mañana era peor: Le parecía ver un monstruo, una imagen distorsionada acerca de lo que en realidad ella creía que era. Siempre veía en el espejo a una chica obesa, fofa, con papada, con muchos kilos de más. Sin embargo, Ana hacía todo menos tener malos hábitos alimenticios. Ya hacían tres meses que se había vuelto vegetariana gracias a una secta budista que pregonaba la purificación del alma hasta los límites de la meditación ascética. Había ingresado a esta secta gracias a su mejor amiga, Mía, quien hacía tiempo era vegetariana pero Ana pensaba que algo haría mal porque era un poquito gordita y extrañamente siempre que terminaba de comer (hay que decir que comía a montones) terminada corriendo al baño, lugar del que salía luego de unos eternos quince minutos y con notables signos de debilidad. Sin más demoras, decidió retirarse de su habitación y sobretodo de ese horrible espejo e ir a desayunar. Decidió que de ahora en más no consumiría leche, seo engorda, pensó.
Ana sólo desayunó una manzana y se dispuso a ir en busca de su gran oportunidad. Ir a la audición de una ópera era lo que siempre había soñado: le encantaba soñar con la posibilidad de disfrutar con la fortuna de poder cantar en un escenario una de las óperas de algunos de sus compositores favoritos entre los que se contaban Mozart, Verdi y Donizetti.
En esta ocasión la audición era para La Traviata, una de sus óperas favoritas. Le encantaba la música de Verdi y de esta ópera en especial el papel de Violeta, amaba su versatilidad, su pensamiento liberal y sobretodo el amor que sentía hacia Alfredo.
En la audición debería realizar dos pruebas: la primera consistía en interpretar un aria solista de la ópera para lo cual ella escogió la famosa aria Sempre libera, presentando todo su caudal vocal. La segunda prueba consistía en cantar el no menos famoso dúo Parigi, o cara con el tenor que encarnaba a Alfredo.
Ana temía más a la segunda que a la primera prueba, ya que no conocía al tenor y no tenía idea si podrían congeniar en la interpretación. Aunque de todas formas estaba segura de algo: Era su momento y nadie se lo podría impedir.
Finalmente, llegó al teatro y luego de unos minutos la hicieron pasar. En cuanto el pianista dejó de tocar la introducción la voz de Ana sonó prodigiosamente en toda la sala; al final sólo se escucharon los aplausos de toda la mesa que en ese momento la examinaba. Llegó la segunda prueba: el tenor se levantó de la mesa y se dispuso a cantar con Ana el famoso dúo de Violeta y Alfredo.
A Ana el tenor le pareció un hombre realmente apuesto y en cuanto comenzaron a cantar se sintió segura, sostenida y protegida en todo momento.
Todos los miembros de la mesa se deshicieron en aplausos y elogios para aquel magnífico dúo y le dijeron a Ana que en 7 días publicarían los resultados.
Ana no podía contener tanta emoción. Por un lado le había gustado su versión de Sempre libera y por otro lado el dúo no podría haber salido mejor. Pero había algo que no mejoraba: su reflejo en el espejo. Siempre era el mismo; aquella figura regordeta, fofa y obesa era su peor pesadilla y aparecía allí, todas las mañanas, como queriéndole recordar su horrible esencia, el color de su alma o tal vez pensaba ella, su verdadera forma en el mundo exterior.
En las mañanas sucesivas Ana decidió comer sólo media manzana: Una manzana era demasiado. Aparte no podía engordar ahora que iba a ser Violeta Válery, ella nunca había visto a una Violeta gorda.
Un día antes de saber los resultados de la audición, Ana recibió una llamada tan sorpresiva como inesperada: era el tenor. Quería invitarla a cenar a su casa. Ana aceptó sin dudar. Aunque después de colgar la embargó una preocupación mortal: ¿Cenar? ¿Qué haría ella que detestaba la comida en cualquiera de sus formas ahora que la invitaban a comer? A ella cualquier cosa la engordaba. Haría hasta lo imposible por no comer.
La cena se desarrolló en una larga conversación (que Ana propició para tener la posibilidad de ingerir la menor cantidad de comida, aunque no pudo evitar comer algo) muy amena entre soprano y tenor donde ambos hablaron de sus logros y experiencias. Aunque tan amena charla luego se fue tornando un poco confusa para Ana: el tenor se fue volviendo más “cariñoso” y apasionado en su actuar y acaso le insinuó sutil y paulatinamente a Ana que su colaboración en este tipo de comportamiento podría contribuir a que ella tuviera el papel de Violeta.
Ana se negó de inmediato. Si tenía el papel de Violeta sería por sus propios medios y no a costa de favores sexuales. El enojo del tenor fue evidente. Antes de que Ana se retirara, con considerable molestia, de su casa le lanzó una frase que para ella fue como el más agudo piñal que le pudo haber clavado: “¿Con ese pensamiento quieres ser Violeta? Más te convendría ser Madame Butterfly”. Detestaba es ópera de Puccini, todas las Madame Butterfly que había visto eran gordas. Gordas.
A la mañana siguiente, se levantó sin mirarse al espejo y sin desayunar, salió resuelta a ver el tan ansiado resultado de las audiciones. Apenas llegar tuvo la horrible decepción: Su nombre no estaba al lado del rol de Violeta. Cuando se disponía a retirarse de aquel lugar, con una profunda decepción, escuchó una voz que le decía: “Adiós Butterfly”. Ella, con lágrimas en los ojos no pudo más que salir corriendo de aquel infernal lugar.
Al llegar a su casa, corrió a su habitación y rompió todo lo que tenía a su alcance, incluso ese maldito espejo. Todo era grito y desesperación hasta que una voz acalló su sufrimiento. “No llores” le decía.
Era un hombre realmente apuesto (no como ese malvado tenor). Le volvió a decir “No llores Violeta” “yo estoy contigo”. “¿Cómo te llamas?” le preguntó ella. “Soy Alfredo” le contestó. El hombre aquel la invitó a cruzar al otro lado del espejo mientras cantaba las primeras notas de “Parigi o cara”, ella aceptó sin más demoras y cruzaron ese espacio sombrío que había tras el espejo roto.
Sus almas habían cruzado, porque el cuerpo de Ana estaba tendido en un charco de sangre con un pedazo del espejo roto incrustado en su vientre, como una imitación macabra de aquella ópera de Puccini que nunca había querido representar.

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El Golpe Final

6:00 am. El hombre aquel, estropajo humano, desparramando alcohol etílico por todos sus orificios, (mentira, por el orificio trasero despedía otros olores), caminaba con tambaleante equilibrio hacia su morada habitual. Una vez ubicado en el umbral de la puerta se dispuso a llamar tocando el timbre. Abierta la puerta, el asesino hizo su aparición y una asesina olla a presión descargó su golpe funesto en su humanidad dejando inerte a nuestro desgraciado amigo. Llegá temprano le había dicho. Era la tercera vez que llegaba a la misma hora Pepe Gutiérrez. Ana estaba segura de que no lo soportaría más. Ellos tenían definiciones diferentes acerca de la puntualidad.

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