Cada año en Paraguay, a partir de julio más o menos, aparecen en la esfera social literaria, numerosos concursos literarios de diferentes organizaciones, algunas de larga data y otros nuevos en lo que va de los cinco  últimos años. Siempre en los discursos de presentación de dichos premios dicen algo parecido Estos concursos han sido organizados para lograr un mayor acercamiento de la literatura a aquellos que siendo jóvenes, por diferentes razones aun no han podido publicar un libro. El objetivo es que las generaciones jóvenes se acerquen a la literatura y puedan tener la oportunidad de ser leídos… y tantas cosas más. En fin, lo que uno entiende  tras escuchar estas palabras es que se dará prioridad a autores que no tengan obras publicadas y sean emergentes en cuanto a creación literaria se refiere, lo que ya es del todo incoherente, porque en todos los concursos  los participantes deben presentar sus obras con seudónimo y sus datos solo se conocen si es que resulte que su obra  sea ganadora. A no ser que tengan la vista de Superman, es imposible que puedan cumplir con la promesa de dar preferencia a la generación joven de escritores. Esto es lo que sucede en el mundo real: Un joven que escribe sus poemas o cuentos en su cuadernito con diseños infantiles de Sailor Moon o Shrek ve en estos concursos la posibilidad de ser leído por otras personas y que sus cuentos sean valorados y ¿por qué no? Ganar uno de los premios. Presenta con ilusión con los múltiples requerimientos que solicitan los concursos, (en el cual algunos, no todos, por poco no piden un escaneo de huellas digitales) pero luego se da cuenta con resignación no ha sido premiado. Al comienzo, por supuesto, recurrimos al autocastigo y decimos no era luego bueno mi cuento, voy a tratar de mejorar. Pero luego vemos con triste realidad que los ganadores son reconocidos escritores con muchas obras publicadas que CASUALMENTE, (no creo en las casualidades, de lo contrario sería un gran admirador y seguidor de los juegos de azar, pero no lo soy) como decía CASUALMENTE, nos damos cuenta de que algún miembro del jurado y el flamante ganador son amigos y muy íntimos. Claro que esto no se da en todos los concursos y algunos cuidan este aspecto, pero de 10 son 1 los que no se guían por esta rosca. Luego ocurre algo más simpático: El que fue premiado, al año siguiente forma parte del jurado del MISMO CONCURSO y el que fue miembro del jurado adivinen qué ¡ES EL PREMIADO! Con lo que llegamos a una especie de pase de testimonio que no es precisamente el de Río 2016. Es una especie de círculo vicioso con el que se manejan grandes premios culturales que siempre se manejan en el mismo grupo de amigos. Este grupo de amigos es el mismo que pretende imponer su literatura como la única válida en el país, como esa literatura fantasiosa  (no fantástica) y que posterga la literatura joven porque sencillamente no encaja  con los estándares de ellos, de los neptunianos. Es un ciclo que se repite año tras año y luego, los que siempre critican este tipo de actitudes, como este humilde servidor, son los que siempre son tratados como amargados, y se les pregunta ¿Por qué estás enojado con el mundo? ¿Pensé que eras mi amigo? Pero callar este tipo de actitudes solo es vivir en la complicidad de la rosca mediocre que impide avanzar a la literatura, por estas mismas prácticas que solo benefician a unos pocos es que la literatura hoy no tiene rumbo y sigue siendo la isla rodeada de tierra de los años 60.

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